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Entre rubias y morenas

Mi columna vertebral


02/04/2010

Llámense rubias, blondies, güeritas, catiritas, monitas, chelitas o peliteñidas, ellas nos demuestran que la felicidad también puede ser falsificada.

Por Armando Caicedo columnista de MundoHispánico.

 

Después de dos años de angustia, mi prima Encarnación por fin consiguió empleo.

La Encarna –quien es graduada en Comercio Exterior– aceptó este trabajo porque fue el más relacionado con su experiencia profesional.

- Envié más de cien solicitudes y me encomendé a igual número de santos, hasta que por fin me llamaron de una importante empresa de comida rápida.

- ¿Para atender sus negocios en el exterior?

- Casi tía. Ahora me asomo a la ventana exterior del 'drive-thru', atendiendo a aquellos clientes que ordenan hamburguesas y no se bajan del carro.

La vieja quedó boquiabierta...

- Por fin entiendo lo que es "comercio exterior".

Luego de una larga pausa, volvió a preguntar

- ¿Y el trabajo te lo dieron por tu experiencia?

- No tía. Me lo dieron porque, para la entrevista, me pinté el pelo de rubio,.

Increíble, pero cierto. En muchas decisiones corporativas el color de la piel y del cabello, o el acento, son factores decisivos a la hora de encontrar un empleo o solicitar un ascenso.

Recordemos el caso de Nike. Hace dos años debió pagar $7.6 millones en un caso de discriminación corporativa ocurrida en el Nike Town en Chicago. Los demandantes alegaron que las matemáticas raciales estaban patas arriba: el 75% de los empleados con menores salarios, eran negros, mientras que el 75% de los empleados que ganaban los salarios más altos eran blancos.

A contrapelo de las leyes que prohíben la discriminación, lo cierto es que el racismo es una actitud cultural que prevalece.

Hasta la dignidad del Presidente de Estados Unidos se irrespeta por el hecho de tener piel oscura.

Pero claro, los prejuicios raciales los aprendemos desde niños.

Cuando mi mamá me llevó a ver la película de La Cenicienta, le pregunté: ¿Por qué la madrastra y las horribles hermanas tienen el pelo negro mientras la Cenicienta lo tiene rubio?

Ni que le hubiera preguntado a mi jefa, ¿cómo se fabrican los niños?... Se quedó muda y sólo atinó a balbucir: "Pregúntale a tu padre".

- Lo grave es que el pelo rubio tiende a desaparecer –le advertí a la tía.

- Entonces ¿se van a extinguir las rubias? –graznó la vieja.

- Tía. Los genes que contribuyen a que las personas sean rubias son recesivos, y los genes que nos hacen morenos son dominantes.

- ¡Ay! Explícame ese enredo.

- Si el padre y la madre son rubios, los hijos serán rubios. Pero si uno de los dos progenitores posee genes rubios y el otro morenos, es probable que cuando la criatura salga del horno luzca un pirriquitín tostada.

- ¿Eso quiere decir que desaparecerán las rubias?

- En este mundo, apenas el 2% de las personas carga el fenotipo rubio. Como quien dice, levantarse una rubia auténtica y conseguir un empleo es hoy... igual de difícil.

- Y ahora, ¿quién podrá defendernos?

- Pues los bancos de esperma en Dinamarca, tía. Allí la demanda de donantes de semen es inmensa, porque se incrementa la probabilidad de que las criaturas concebidas con ese caldo nazcan con el pelo claro.

- Me imagino que esos bancos vivirán sobregirados –comentó la vieja.

- ¡Horror! -gritó Lastenía –la más teñida de mis primas– ¿será que las rubias tinturadas también somos una especie en vía de extinción?

El tío Epaminondas entró a rematar.

- Que se acaben las rubias naturales no será una desgracia para la humanidad. El verdadero Apocalipsis vendrá cuando los laboratorios dejen de fabricar peróxido y amoníaco, que es lo que utilizan las señoras de cabello negro para convertirse en rubias.

- Que alguien me explique –grité– si en este país, dos de cada diez mujeres nacen rubias, ¿por qué cuando crecen, ocho de cada diez mujeres resultan rubias?

-Porque necesitamos trabajar, cretino -respondió la prima Encarnación.

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